La elegancia y el caché característicos de aquella época eran el lado amable de una ciudad en donde el entretenimiento, como hoy, sólo estaba al alcance de unos pocos.
Estar de moda era estar en Chapinero. Pasar la tarde del sábado en este concurrido barrio, era el plan predilecto de los jóvenes de la época. Pero para entrar a la matinée en el teatro San Jorge, comer empanadas en el mezzanine del Ley y jugar al póquer o tomarse unos whiskys en un café del sector, había que tener algunos pesos en el bolsillo. Estar en Chapinero era figurar, ser visto y reforzar un lugar dentro de la sociedad.
Al caer la noche llegaba la hora de bailar. Los grupos mixtos de adolescentes se reunían en los elegantes grills, las antiguas discotecas en donde los jóvenes bogotanos azotaban baldosa al son de las orquestas. El Grill Europa, El Grill Colombia y la Kasbah eran algunos de estos exclusivos sitios a los que solo asistía la “gente gentísima”, dice Eduardo, que se gozó sus veintes en estos lugares.
El domingo era de tradición. Misa en el Porciúnculo de la calle 72 con 11, a donde los bogotanos, más que para rezar, asistían para sentirse de alta alcurnia. Luego, esta élite recién comulgada pasaba por el Tout Va Bien, un elegante salón de té en la calle 72 con séptima, famoso por sus empanadas.
Después del tradicional almuerzo de Ajiaco santafereño y cuajada con melao, los bogotanos partían rumbo a Chía, para comerse unas onces de pandeyucas con masato, pero, para echarse el viajecito, el tener carro era una condición prácticamente necesaria. Esto, claramente, excluía a una gran parte de la población.
“En la década de los 50, todo era sencillo, mucho mejor que ahora”, dice Beatriz, que en aquella época pasaba por su adolescencia. En ese entonces la ciudad era mucho más pequeña, la tecnología era menos avanzada y por tanto la variedad de actividades era más limitada, pero acceder al entretenimiento no era nada “sencillo”. En realidad no hemos cambiado mucho desde entonces.
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